Me refiero al PAISAJE así con mayúsculas, ya que en la obra de Tolkien el paisaje es un personaje más. Leyendo El Señor de los Anillos uno no puede imaginarse un enano sin una caverna, un águila sin una montaña, un hombre sin llanura, un Hobbit sin La Comarca. Incluso podríamos ser tan sutiles como para diferenciar los individuos de una raza a través del paisaje. E
s decir, un elfo con el mar detrás, seguro que es Teleri, en cambio si se encuentra en un bosque, ya pensamos en un elfo Silvano.En principio vemos por qué digo que el paisaje es un personaje más de su obra, si observamos un poco, cada lugar de la Tierra Media tiene una personalidad propia, así cada sitio está pensado, sentido y escrito para albergar a cada raza y sobre todo para brindarle lo que precise a nivel físico concreto, pero también en lo emocional y espiritual, ya que cada ser parece ligado y conectado a su entorno más allá de toda circunstancia. Tal vez los caminos lo lleven muy lejos, pero siempre llevará dentro la nostalgia y el recuerdo de “su lugar”, esto está bien plasmado cuando Sam y Frodo están en el monte del Destino, ahí, justo cuando Sam está a punto de rendirse, muerto de sed, recuerda: “… sentía en los dedos de los pies la caricia refrescante del barro cuando chapoteaba en el lago de Delagua…” Miren que interesante, Sam había visto el gran Río Anduin y el Kheled Zaram, el lago espejo, aún así él recuerda el barro del lago en desagua. A eso me refiero, el paisaje no es sólo el telón del acto, está actuando por sí solo.
Para los que vienen compartiendo estas entregas, queda claro que Tolkien no era sólo un escritor, él sentía y hacía propio todo lo que escribía. En el caso de los lugares, la personalidad que le da a cada uno tiene que ver con una particularidad que comparten todas las “almas sensibles”, no importa si son científicos o artistas, cada cual con su tendencia, siempre buscará “el alma escondida en cada ser”. Así una montaña no es sólo un montón de piedra y tierra una sobre otra ¡no puede serlo!, esta montaña es tan antigua como Arda misma y nada menos que Aulë la puso allí, sólo se trata de escuchar y sentir y de pronto el Caradhras dejará de ser un “estorbo” allí frente al camino y se transformará en un ser que parece dormido pero puede aflorar en cualquier momento y permitir o no el paso de los caminantes por su ladera.
Y así Tolkien va de a poco, palabra a palabra descubriendo el alma encerrada en cada cosa y se toma el tiempo de encontrarla y desarrollarla.
Lo más interesante es cuando se comienza a hurgar y uno se entera que muchos de esos lugares maravillosos están inspirados en sitios reales que el autor había visitado.
Creo que uno de los lugares que más me intrigó y me hubiera gustado conocer son las Cavernas Centelleantes y aquí voy a citar a Gimli cuando las ve:
“¡Extrañas son los modos y costumbres de los hombres, Legolas, tienen aquí una de las maravillas del mundo Septentrional ¿y qué dicen de ella? Cavernas la llaman! (…) ¿Sabes mi buen Legolas, que las cavernas subterráneas del Abismo de Helm son vastas y hermosas? (… ) salas inconmensurables, pobladas de la música eterna del agua que tintinea en las lagunas, tan maravillosas como Kheled-Zaram a la luz de las estrellas.¡Qué hermosa visión! Recuerdo que me sentí tan entusiasmada como Gimli ante tal espectáculo!
… gemas y cristales y filones de mineral precioso centellean en las paredes pulidas y la luz resplandece en las vetas de los mármoles nacarados luminosos como las manos de la Reina Galadriel Hay columnas de nieve, de azafrán de rosicler, talladas con formas que parecen sueños, brotan de los suelos multicolores para unirse a las colgaduras resplandecientes, alas, cordeles, velos sutiles como nubes cristalizadas ¡pináculos de palacios colgantes! Unos lagos serenos reflejan esas figuras, un mundo titilante emerge de las aguas sombrías cubiertas de límpidos cristales, ciudades como jamás Durin hubiera podido imaginar en sueños, se extienden a través de avenidas y patios y pórticos, hasta los nichos oscuros donde jamás llega la luz. De pronto ¡pim! Cae una gota de plata y las ondas se encrespan bajo el cristal y todas las torres se inclinan y tiemblan como las algas y los corales de una gruta marina (… ) ¡Las Cavernas del Abismo de Helm! ¡Feliz ha sido la suerte que hasta aquí me trajo! Lloro ahora al tener que dejarlas”
Pero ahí no terminó mi asombro y grande fue mi sorpresa cuando leí una carta que Tolkien le manda al Sr. Rorke respondiendo a una mención sobre estas cavernas:
“Me complació mucho su referencia a la descripción de las cuevas resplandecientes. Ningún otro crítico, creo, hizo mención especial de ella. Puede que le interese saber que el paisaje se basó en las cuevas de Cheddar Gorge y fue escrito después de haberlas vuelto a visitar en 1940, pero que estaban teñidas de nuevo por el recuerdo que guardaba de ellas mucho antes de que se hubieran comercializado tanto. Había estado allí durante mi luna de miel casi treinta años antes.”
Con este comentario, podemos ver que los paisajes de la obra no distan mucho de los paisajes de la vida del autor. Es decir que escribía sobre los lugares con los que mantenía un vínculo emocional, los describía tal como los recordaba de tiempo atrás, donde la emoción había sido muy fuerte. Es por eso que este autor logra expresar tan bien el sentimiento por el lugar, aparte de la descripción minuciosa, para que el lector pueda imaginarse de forma completa, pero personal cada sitio.
Así, Tolkien logra unir presente y pasado, lo concreto y lo abstracto, lo racional y lo sentimental, encontrando el punto medio entre los extremos y llega a eso que yo llamo “el alma de todas las cosas”.
Graciela "Luinel" Sifran


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